Chivirogui

eduardo lopezpor: EDUARDO LÓPEZ

Oídos Sordos…

Como muchos otros, había forjado buena parte de mi actitud reprobatoria hacia los maestros a partir de las repercusiones que ha tenido su proceder en mi cotidianeidad y, sobre todo, del manejo tendencioso de algunos medios masivos de información.

Sin embargo, mi perspectiva cambió significativamente cuando escuché a un reconocido experto en el área de educación denunciar la farsa de la que habían sido objeto todos aquellos –entre ellos, miles de maestros de la Coordinadora- quienes motivados por la invitación de los legisladores federales, hubieron participado en foros para discutir la (mal llamada) Reforma Educativa. Según el planteamiento de los diputados, las reflexiones, críticas y recomendaciones que se obtuvieran de dichos encuentros entre intelectuales, académicos y maestros servirían para configurar las correspondientes leyes secundarias.

Con sincera molestia el experto –quien también había participado en los foros- explicaba que en la iniciativa que se discute en la cámara no hay ninguna modificación respecto de la propuesta inicial por lo que quedaba claro que no había voluntad real de incluir ya no sólo las “peticiones de los maestros” si no las recomendaciones hechas por autoridades en el materia.

¡Vaya tomada de pelo! Con razón la iracunda respuesta de los maestros. No converjo con muchas de las acciones de los mentores pero puedo ver que los legisladores azuzan el avispero y luego se preguntan por qué la embestida de los insectos. Me cuesta trabajo encontrar una situación paralela en nuestra vida cotidiana en la que la respuesta no fuera similar: vamos a comer a un restaurant, el mesero nos toma la orden pero no la transfiere a cocina. Después de un tiempo, le preguntamos sobre los alimentos y él sólo sonríe; al rato, explica que ya lo hizo; luego, que lo hará; más tarde, que está en camino a hacerlo; y, finalmente, que no entiende porque no están los alimentos listos… dándonos cuenta de que nos están viendo la cara, es muy probable que acabáramos bastante molestos.

Cierto que la irritación no es ni la única ni la más sana reacción, pero no pidamos una respuesta “mesurada” del otro ante un trato francamente irrespetuoso y descalificatorio. En nuestra cultura, en el actual estado de las cosas, era perfectamente esperable que los mentores reaccionaran como lo han hecho ante el proceder legislativo.

Si la reacción y las acciones que la cristalizan corresponden a la calidad e intensidad del estímulo o no, si lo que hacen los maestros da la mejor lección o no a los pupilos que siguen aguardando por ellos en sus respectivos estados, si las autoridades debieran hacer intervenir a la policía o no, si basta el aval de la Comisión del Derechos Humanos del Distrito Federal a favor del derecho de tránsito o no, si los legisladores deben comerse el caldo que ellos mismos dejaron que se echara a perder y que apesta o no, eso es harina de otro costal. De hecho, hay harina para muchos otros costales.

Tan importante como todas estas cuestiones está la de las lecciones que se pueden aprender a partir de la situación presente. Cabe preguntarse, por ejemplo, si en su retorno a sus escuelas, los maestros darán ejemplo de diálogo abierto e incluyente; es decir, ¿veremos en ellos a escuchas capaces de recoger la inconformidad de los padres de familia, las autoridades de las comunidades y sus alumnos por la enésima interrupción de un ciclo escolar?, ¿podremos ponerlos a ellos como modelos ante los legisladores federales?, ¿seguirán adjudicándose algún tipo de potestad gracias a la cual ellos sí pueden vituperar a la autoridad política por su incumplimiento a su función de recoger las inquietudes de los gobernados mientras que ellos, en su calidad de defensores de los pobres, no podrán ser increpados por los fastidiados padres de familia?

Sin duda, los maestros nos ponen un ejemplo de quienes velan por sus derechos e impiden que se los atropellen en una época en que los contratos sin garantías o los meros “tratos de palabra” son el marco común de relaciones laborales abusivas, pero ¿podrán ellos enseñar a los niños y niñas no sólo la necesaria capacidad de enfrentar el autoritarismo sino también la no menos necesaria capacidad de reconocer los propios excesos?, ¿podrán regresar a las aulas conscientes de que cualesquiera conquistas políticas, sociales y económicas alcanzadas allá, el verdadero poder de su labor radica, sin embargo, en su capacidad de hacer a cada niña, niño, adolescente y vecino consciente políticamente de su entorno, activo, propositivo y crítico, pero no sólo de la autoridad?, ¿asumirán los profesores que les toca ser cocreadores de una sociedad en la que la propia indolencia no quede justificada en la indolencia del otro, en la que se asuma que en la lucha por un estado de mayor, más pleno y extendido bienestar, el fin NO JUSTIFICA LOS MEDIOS, que el punto no es sólo llegar, sino cómo se logra esto y en qué estado se arriba y que el camino a la meta acaba configurando a ésta?

Sobre el autor  ⁄ Eduardo Lopez

Eduardo Lopez

Eduardo Rogelio López es: Especialista en problemas de aprendizaje y terapeuta gestalt de profesión y ser humano de vocación. Por una veintena de años ha dado clases en diversas áreas en instituciones públicas y privadas, desde primaria hasta licenciatura. Ha participado en diversos proyectos de investigación y actualmente promueve un proyecto de educación para sobredotados y un programa de educación ambiental.