Hablemos de Política
Por Diego Martínez Sánchez
Lo de hoy en el Zócalo capitalino no fue un informe de resultados sino un crudo acto de supervivencia discursiva.
Al cerrar su gira nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum evidenció lo que en los pasillos de la alta política ya es un secreto a voces: el estancamiento de su administración y el desgaste de todo el movimiento llamado Cuarta Transformación necesitan, de manera urgente, un escudo de protección.
Ante la falta de resultados propios en materia de seguridad, economía y gobernabilidad, es más fácil refugiarse en la sombra omnipresente de Andrés Manuel López Obrador que asumir el costo del timón. Se trata de una distracción calculada para tapar las grietas de una gestión que no termina de consolidarse.
La retórica oficialista insiste en evocar la mística del movimiento, pero la realidad muestra que la llamada Cuarta Transformación transita por una innegable etapa de colapso y ruptura interna, resultado directo de una herencia marcada por la corrupción, la opacidad y las persistentes sospechas de complicidades con el crimen organizado.
Para evadir este escenario de ruina, revivir constantemente la imagen de López Obrador se ha vuelto una urgencia de legitimidad. Resulta emblemático cómo se idolatra a un personaje que durante su sexenio actuó más como un profeta mesiánico que como un jefe de Estado responsable de las instituciones, dejando una estructura que prefiere alimentar el mito del pasado antes que resolver las crisis del presente.
Ante el vacío de soluciones efectivas para pacificar el territorio, los cuadros del oficialismo muestran un cinismo cada vez más evidente en sus discursos y en sus actos públicos, confiando en que el fanatismo ideológico bastará para mantener cohesionada a su base social. Este persistente cordón umbilical funciona hoy como el bálsamo perfecto para maquillar la ineficacia de un régimen que prefiere culpar al pasado neoliberal antes que transparentar el fracaso de su propio desempeño.
La presidenta insiste en que continúa su propia ruta, pero su retórica revela que, en el fondo, sigue gobernando bajo la tutela y la manipulación simbólica de su verdadero artífice.
Y si Sheinbaum no comprende la urgencia de romper de tajo con esta dependencia paternal y cortar por completo los hilos de ese control político, el fracaso de su gestión será inevitable.
Porque continuar gobernando bajo el dictado de un fantasma ideológico terminará por profundizar la descomposición del país, heredando un escenario de ruina institucional y social con estragos tan profundos que a la sociedad mexicana le tomará décadas enteras poder recuperarse.
Al tiempo.





