CIUDAD DE MÉXICO — En un país donde las familias de niños con cáncer se ven obligadas a salir a las calles a exigir quimioterapias, bloquear vialidades y ampararse ante la justicia para salvar la vida de sus hijos, el sistema de salud pública resguarda una dolorosa contradicción en sus bodegas. El secretario de Salud, David Kershenobich Stalnikowitz, confirmó el hallazgo de 18.4 millones de medicamentos, dispositivos médicos y material de curación caducados dentro del Hospital Infantil de México Federico Gómez.
El desperdicio no es solo logístico; es una tragedia humanitaria cuantificada en 121 millones de pesos que terminaron en la basura debido a la falta de previsión.
La narrativa oficial de las autoridades de salud ha insistido durante años que el desabasto de medicamentos es un problema de distribución heredado o un boicot de las farmacéuticas. Sin embargo, el hallazgo de esta montaña de fármacos inservibles, acumulados sistemáticamente entre 2020 y 2024, demuestra que las medicinas sí llegaron a las manos del gobierno, pero se vencieron debido a la ineficiencia en el control de los almacenes hospitalarios.
Mientras estas piezas perdían su vigencia año con año, a las afueras del mismo hospital infantil, los padres recibían recetas con la frase “no hay en existencia”. Esto obligó a miles de familias a suspender tratamientos críticos o a endeudarse para adquirir fármacos en farmacias privadas.
El inventario destruido no consistía en insumos comunes de farmacia general, sino en material de alta especialidad para la atención de pacientes pediátricos graves. Entre las pérdidas más críticas se encuentran lotes enteros de fórmulas oncológicas destinadas a quimioterapias contra el cáncer infantil, las cuales expiraron en el olvido sin llegar nunca a las salas de aplicación.
El impacto también afectó de forma severa al área quirúrgica y de terapia intensiva. En las bodegas se echaron a perder miles de dispositivos médicos indispensables para cirugías, tales como catéteres intravenosos, sondas especializadas, agujas para biopsias y equipos de infusión necesarios para canalizar de forma segura a los bebés y niños.
Asimismo, el hospital perdió valioso material de curación especializado que incluye gasas estériles, vendas elásticas de tamaños pediátricos, suturas quirúrgicas avanzadas y apósitos para el cuidado de heridas graves. A esto se sumaron soluciones clínicas y reactivos químicos de laboratorio que resultaban fundamentales para procesar análisis de sangre y estudios diagnósticos de urgencia.
Este millonario desperdicio en el hospital pediátrico más emblemático del país no es un hecho aislado, sino el síntoma de deficiencias estructurales en la cadena de suministro del sector salud. La reestructuración de los mecanismos de consolidación de compras y la centralización de adquisiciones generaron desajustes institucionales, donde se adquirieron insumos sin una bitácora real y coordinada de las necesidades cotidianas de los médicos.
La falta de sistemas de control digitalizados y actualizados impidió generar alertas tempranas de caducidad, permitiendo que los lotes de medicina se volvieran inservibles de manera silenciosa. Además, el resguardo de estas piezas durante más de cuatro años evidencia que los relevos directivos previos y las auditorías internas fallaron rotundamente en canalizar a tiempo los medicamentos excedentes a otras clínicas públicas urgidas de insumos.
En busca de culpables en el laberinto administrativo
El gobierno federal ha informado que el caso ya está bajo investigación formal por parte del Órgano Interno de Control de la Secretaría de Salud y de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno. El hallazgo fue detectado e informado tras una revisión exhaustiva de inventarios realizada por la nueva dirección de la institución, la cual se topó con las cajas arrumbadas.
No obstante, para la sociedad civil y las organizaciones de pacientes, la promesa de investigar a fondo resulta insuficiente si no se acompaña de consecuencias contundentes. La indignación social exige que esta investigación no se diluya en la habitual burocracia, pues la acumulación y pérdida de medicinas en un entorno de desabasto generalizado configura una falta grave. Cada lote caducado representa un tratamiento que pudo haber aliviado el dolor de un paciente pediátrico.





