9 mayo, 2022

Como Loret de Mola, en Oaxaca los periodistas cobran, los periodistas callan

La criminalización es una estrategia vieja que el ‘Jefe Supremo' lleva a su máxima expresión y acabará rebotando en los municipios, donde las calles son muy angostas y los capos mafiosos son el poder político, y el poder real y dios al mismo tiempo. 

Música para Camaleones

Por Antonio Mundaca

Como Loret de Mola, en Oaxaca los periodistas cobran, los periodistas callan

Carlos Loret de Mola cobra 35 millones de pesos anuales, según el tlatoani, por hacer un periodismo mercenario, periodismo financiado por empresas privadas que aspiran al poder público, pero que ha servido para revelar que el Dinosaurio solo cambia de piel, y los políticos en el poder, aunque estén sacramentados por los orines de Juárez, siempre se sirven del aparato del Estado para sus venganzas personales. 

La criminalización que usa el tlatoani contra la prensa nacional –centralista, potentada, privilegiada y millonaria– que se rasga las vestiduras por el derecho a la información, les paga a sus corresponsales en el Istmo o Valles Centrales una miseria cada dos meses. 

La criminalización es una estrategia vieja que el ‘Jefe Supremo’ lleva a su máxima expresión y acabará rebotando en los municipios, donde las calles son muy angostas y los capos mafiosos son el poder político, y el poder real y dios al mismo tiempo. 

Una muestra: los 6 periodistas asesinados este año. El último, Heber López, fue victimado en el puerto de Salina Cruz, en el Istmo oaxaqueño, cuyos últimos trabajos estuvieron centrados en la corrupción de munícipes ligados a Morena y el lucrativo negocio del Transístmico.

En Oaxaca, los medios oficiales “grandes” cobran pesitos más pesitos menos, la misma millonada que Loret pero por hincar la rodilla frente al gober u obtener permisos de obra pública o permisos para gasolineras. 

En Oaxaca, los medios oficialistas “chicos” cobran medio millón al año de ayuntamientos o diputados con poca comprensión lectora, siempre y cuando les cuiden la cola. 

La chiquillada, la tropa, los reporteros que transmiten en vivo, según la región, se conforman con 100 o 200 pesos y mojarra frita del pago por evento, o las migajas que les dan los jefes de prensa que siempre se chingan el dinero. 

 ¿Posibles soluciones? -Si es que puede haberlas, en esa relación viciada, donde el poder solo quiere aplaudidores en vez de periodistas- que los medios de comunicación transparenten sus ganancias, que por sí mismos se expongan al escrutinio, la ciudadanía sabría quiénes son libres y quienes tienen patrón, al menos.

En Oaxaca, casi todos pagan, casi todos cobran, casi todos simulan. No se enfrentan al poder, es necesario llegar a fin de mes aunque sea con el dinero desviado de las campañas políticas o las nóminas secretas de los gobiernos municipales. 

En Oaxaca, nadie aguanta mensualidades de 10 mil pesos o perder la amistad de diputados vinculados al narco que regalan Lapptops en diciembre, o el “día del periodista”. Casi todos tienen en la frente tatuado un precio y la precarización. 

En Oaxaca, no necesitamos un tlatoani que estigmatice a la prensa o la criminalice. Las relaciones prensa-poder son permanentes, como antes, como cuando Luis Echeverría preguntaba la hora y el periodista le decía: “Las horas que usted diga, mi presidente”. 

En Oaxaca, solo tienes que ver los boletines que publican en sus medios para saber quién es el patrón de cada uno. El periodismo mercenario en las regiones es distinto, la mayoría cobra por guardar silencio.

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