dom. Dic 15th, 2019

Ulises Ruiz ¿la esperanza del PRI?

El mayor error y el que puede significar el fin del PRI, sería aceptar el trato que les ofrece López Obrador por medio de Alejandro Moreno: seguir existiendo por un “favor presidencial” y hacer el papel de sumiso monaguillo los próximos seis años, por lo menos. Decisión que queda en manos de los 6 millones 764 mil 715 militantes registrados para participar en la elección interna.

Por Diego Martínez S. / @diegomtzsanchez

A unas horas de que se lleve a cabo el proceso para elegir a la nueva dirigencia del Partido Revolucionario Institucional, la contienda se resume a dos candidatos, Alejandro Moreno Cárdenas e Ivonne Ortega Pacheco.

El primero cuenta con el respaldo del ex presidente Enrique Peña Nieto y del Grupo Atlacomulco, así como de varios gobernadores y algunos dirigentes de los sectores más importantes del PRI; lo que hubiera sido suficiente para ganar la presidencia y la secretaría general del tricolor, sin embargo el panorama cambió radicalmente en la última semana.

La negativa del Tribunal Electoral al registro del ex gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz Ortiz, para contender por la presidencia de su partido; abrió la oportunidad para que Ortega Pacheco pueda ser la nueva dirigente nacional del Revolucionario Institucional.

Para algunos la elección ya está decidida pero para otros, un frente unido de Ivonne Ortega y Ulises Ruiz podría detener la llamada “imposición” de Alejandro Moreno, quien de acuerdo a los mismos priistas, obedece órdenes del ex presidente Peña Nieto y los intereses de un supuesto pacto con el actual titular del Ejecutivo federal, para que no exista una oposición que pueda “complicar” el desarrollo y ejecución de las nuevas políticas gubernamentales, particularmente desde el Congreso de la Unión y la CONAGO.

Internamente también implica una batalla entre los remanentes del Grupo Atlacomulco y un grupo de priistas que quieren “recuperar su partido”. Aunque no existe un liderazgo definido o visible, algunas corrientes han exigido la expulsión de Enrique Peña Nieto y sus funcionarios más allegados, a quienes consideran los culpables de la debacle del PRI y relacionan directamente con Moreno.

Otros anunciaron su renuncia al partido, señalando imposiciones y pactos de impunidad con el Ejecutivo. Y algunos, quizás de los más importantes por su peso político, habían decidido mantenerse al margen del proceso de elección en espera de los resultados. Ahora muchos de ellos se han perfilado en una misma dirección con el objetivo de evitar la llegada de Moreno Cárdenas a la presidencia del PRI.

Quizás confiados por una inevitable “victoria” por el control político y económico que representan, aquellos que han sido señalados como “la cúpula” parecieran olvidar que muchos de los que hoy los enfrentan fueron sus mejores operadores, entre ellos Ruiz Ortiz, quien antes de gobernar el estado de Oaxaca del 2004 al 2010; recorrió un amplio camino en la vida política y electoral del país.

Durante su administración enfrentó a la otrora poderosa Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y con ellos a su antecesor José Murat Casab, padre del actual gobernador y de acuerdo con algunos informados, pieza clave en el bloqueo a Ruiz.

Murat Casab también representa un fuerte vínculo con el grupo Atlacomulco por medio de su familia política, quienes invirtieron más que capital económico en la candidatura de su hijo a la gubernatura de Oaxaca. Negocio que podría verse afectado si Moreno no mantiene el control del PRI y una buena relación con el poder en turno, al igual que las aspiraciones presidenciales del joven gobernador.

Tanto Moreno como Ortega han sido gobernadores de sus estados, Campeche y Yucatán, respectivamente. Ambos con un historial “aceptable”, considerando que hablamos del PRI -sinónimo de corrupción para la gran mayoría de los mexicanos-, no obstante a nivel nacional su imagen era débil, incluso entre los mismos priistas.

Empleando una estrategia similar a la de Peña Nieto cuando este fue Gobernador del Estado de México; Alejandro Moreno comenzó una campaña publicitaria a lo largo de la república, a veces con la bandera del gobierno estatal con cargo al erario público y otras como mensajes dirigidos “exclusivamente” a simpatizantes del Partido Revolucionario Institucional.

Alcanzó posiciones políticas que le permitieron exponerse junto al presidente López Obrador, lo que generó un acercamiento de los gobernadores priistas con un gobierno de oposición que no estaba dispuesto a darles cuartel, pero la historia cambió con la intervención del entonces gobernador de Campeche.

“Alito”, como lo conocen sus seguidores o “Amlito” como lo han apodado sus detractores, representa lo que muchos priistas quieren: seguridad e impunidad, aunque tengan que pagar con la poca dignidad que le queda a su partido y someterse a la voluntad del Presidente Obrador, todo con tal de sobrevivir 6 o quizás 12 años más, en la sombra.

Por su parte, Ivonne Ortega empleó una campaña más directa, de contacto con las estructuras y bajo la idea de recuperar la confianza de su militancia. Sin embargo, durante parte del proceso se mantuvo estancada en una propuesta sin dinamismo ni completa aceptación por parte de sus correligionarios, hasta que denunció la imposición de Alejandro Moreno y exigió un proceso abierto e informado.

Al igual que Ulises Ruiz, quien señaló el uso de recursos públicos por parte de gobernadores y legisladores en apoyo a Alejandro Moreno; Ivonne Ortega ha optado por exigir se aclaren los supuestos actos de corrupción en los que ha incurrido su contrincante, como la construcción de una mansión con un valor superior a los 40 millones de pesos, asegurando que de llegar a la presidencia, se combatirá de manera directa la impunidad y corrupción que hoy caracterizan al PRI.

Justo en estos momentos se están dando los últimos detalles para lo que pareciera ser la batalla decisiva entre el “viejo PRI” y la posibilidad de subsistir, no como el partido que una vez fue, sino como la institución que puede llegar a ser.

Aunque el destino del PRI es responsabilidad exclusiva de los priistas y de sus próximos dirigentes, los resultados de esta elección tendrán una repercusión histórica en la vida política del país. Y proyectará un primer bosquejo de lo que puede ocurrir en las elecciones intermedias y la posible revocación de mandato que ha propuesto el Presidente de México.

Mañana el PRI tiene la oportunidad de consolidarse como un partido de verdadera oposición en el nuevo escenario político, donde más que enfrentar al gobierno con más poder en la historia moderna del país, abone desde una crítica constructiva y realista, el contrapeso que se requiere en la construcción de una verdadera democracia.

El mayor error y el que puede significar el fin del PRI, sería continuar haciendo el papel de sumiso monaguillo los próximos seis años o el tiempo que el ejecutivo quiera. Decisión que queda en manos de los 6 millones 764 mil 715 militantes registrados para participar en la elección interna de este domingo 11 de agosto, y de quien resulte ganadora o ganador en la contienda.

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